miércoles, 8 de julio de 2009

La Orotava y el Puerto de la Cruz. Tenerife.

Los orígenes de El Puerto de la Cruz se remontan a principios del siglo XVI, pues ya en 1502 existía actividad portuaria en el litoral portuense, si bien el núcleo de población dependía de La Orotava. Es en 1603 cuando se decide señalar un lugar concreto en el Puerto de la Cruz donde levantar una iglesia y su correspondiente plaza. A mediados del siglo XVII los vecinos comenzaron a manifestar su voluntad de constituirse en un lugar diferenciado, recibiendo la Real Provisión de Felipe IV el 3 de mayo de 1651, lo que les facultaba para nombrar alcalde pedáneo.

Hasta 1772 perteneció al municipio de La Orotava bajo la denominación Puerto de la Orotava. Aunque en ese año se procedió a la elección de una corporación municipal elegida por los vecinos, no sería hasta 1808 cuando se obtendría una autonomía municipal plena, cambiándose en ese momento el nombre al actual de Puerto de la Cruz.
En su origen fue un poblado de pescadores que fue creciendo a medida que se incrementaba el comercio local. El puerto se convirtió en el más importante de la isla cuando una erupción volcánica destruyó el de Garachico en 1706. El comercio del azúcar dio paso al del vino, estableciéndose en ésta época un gran desarrollo social y económico. El turismo comienza a tener un peso importante en la economía local a finales del siglo XIX




El Valle de la Orotava está situado en el norte de la isla de Tenerife, en las Islas Canarias. En él se encuentran los municipios de La Orotava, Los Realejos y el Puerto de la Cruz. Este valle en la época de los guanches era conocido como Taoro. Aquí terminó la conquista de Tenerife el 25 de julio de 1496 con la llamada Paz de Los Realejos, erigiéndose, con tal motivo, en honor al patrón de España, el primer templo cristiano de la isla de Tenerife, la parroquia Matriz del Apóstol Santiago. El mencey de Taoro pacta el fin de las hostilidades con Alonso Fernández de Lugo. Numerosos e ilustres visitantes han elogiado su paisaje y disfrutado de su beneficioso clima: uno de los más famosos fue Alexander von Humboldt, quien según cuenta la leyenda se arrodilló ante el valle en el mirador que lleva actualmente su nombre y alabó su paisaje y vegetación.