jueves, 25 de marzo de 2010

Los siglos XVII y XVIII. Sociedad y economía.

En los últimos siglos de la edad media, la economía castellana conoce una etapa de expansión debido al desarrollo del comercio de la lana. Pero en esta expansión no participan por igual todas las zonas de Castilla, ya que ambas mesetas se quedan fuera de esta expansión y, en general, todos los territorios tienen un gran retraso técnico unido a una estructura social basada en el campo que no ayudaba al cambio en las estructuras económicas. Por lo tanto, la expansión económica de Castilla tenía unos pilares poco sólidos ya que dependía de la exportación de una materia prima y se limitaba al espacio de las ciudades. La economía castellana continuará ligada al sector primario y hasta el siglo XIX la agricultura y la ganadería son las fuentes esenciales de riqueza y ocupaban al 80% de la población. El elemento urbano e industrial tendrá poco peso.

La sociedad española durante la edad moderna estaba fuertemente jerarquizada y las desigualdades sociales estaban muy marcadas. Nos encontramos con dos grandes estamentos el del estado llano y el de los grupos privilegiados, a los que hay que añadir grupos de población marginada. La nobleza gozaba de un gran prestigio social, aunque tenía una estructura de pirámide, que abarcaba desde los grandes y títulos hasta los hidalgos. Los duques, marqueses y condes eran los propietarios del suelo, de la riqueza y de los honores. Por debajo en la jerarquización social estaban los caballeros de ordenes militares, Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa, que poseían grandes extensiones de tierra y disponían de importantes recursos. A continuación podemos situar a los señores de vasallos, que sin pertenecer a la lata nobleza poseen tierras y derechos señoriales. Los dos últimos escalones serían el patriciado urbano y los hidalgos. La hidalguía supone sobre todo exención fiscal y por ello prestigio social, aunque no implicara una desahogada situación económica. La mayoría de los hidalgos vivían en núcleos urbanos y pocos en el campo. Reconocer un título de hidalguía era la aspiración de cualquier castellano.

En el siglo XVI los nobles eran el 2% de la población, sin embargo a fines del siglo XVIII la población noble se estima en unos 400.000 individuos, un 13% de la población que se estima para el total de la península. El 97% del suelo peninsular estaba en manos de los nobles, de las altas autoridades de la Iglesia y de las ordenes Militares. El 52% de este suelo eran grandes latifundios.

A lo largo del siglo XV se constituyeron los grandes dominios señoriales y la aristocracia, “los Grandes de Castilla” tiene un poder que la convierte en árbitro del Estado. Los mayorazgos, los llamados Juros de Heredad, se van formando por la cesión de tierras en pleno dominio trasmisible por herencia al primogénito. La otra forma en la que se van constituyendo los latifundios es por el reparto de tierras en Andalucía, según iba avanzando la Reconquista. Los segundones de estas grandes familias latifundistas sólo podían aspirar a cargos públicos y eclesiásticos.

El clero era el otro estamento privilegiado y suponía entre el 5% y el 10% de la población de Castilla. Lo mismo que en la nobleza podemos distinguir varías categorías. El alto clero de arzobispos y obispos que eran unos 50. El bajo clero que eran los párrocos y los clérigos de corona que eran los que tenían ordenes menores. El clero regular comprendía los elementos de ordenes, conventos y monasterios. El clero español poseía extensas propiedades y rentas cuantiosas que se hallaban vinculados y eran bienes de manos muertas que no se podían vender. En estas propiedades no nos referimos a las posesiones particulares del eclesiástico que tienen la consideración de propiedad libre patrimonial.

La población eclesiástica se duplica a lo largo del siglo XVII y así se pasa de los 90.000 eclesiásticos existentes a finales del siglo XVI a los 200.000 existentes a finales del siglo XVII. Población que desciende a lo largo del siglo XVIII hasta llegar a los 170.000, el 5% de la población. El clero desempeñaba una importante función social y tenía a su cargo una labor asistencial importante en los hospitales y en las obras de asistencia y de caridad.

Todos los que no pertenecían a estos dos estamentos eran considerados pecheros, obligados a contribuir en los impuestos reales y diezmos eclesiásticos. Formaban la inmensa mayoría entre un 80% y un 85% de la población. A este estamento pertenecían desde un rico mercader a un bracero o jornalero del campo, pasando por propietarios acomodados, arrendatarios, artesanos, manufactureros, oficios de la administración, profesionales liberales, así como criados y mozos.

La población de España en el año 1482 según el censo elaborado por Quintanilla en el reinado de los Reyes Católicos se situaba entre los 9 y los 10 millones de habitantes y la de Castilla entre los 6 y los 7,5 millones de habitantes, aunque los datos de este censo se consideran demasiado elevados.

Por lo que respecta a la distribución geográfica de la población hay que decir que más del 80% de la población de España vivía en el campo, muchas veces en condiciones muy duras ya que las tres cuartas partes del suelo castellano pertenecían a señores laicos o eclesiásticos. Los labradores ricos formaban una minoría de un 5%. La población rural superaba ampliamente a la urbana en toda Castilla, que se estima no sobrepasaba el 12% de la población. En las zonas del sur del reino las ciudades eran más populosas, aunque por su censo profesional son ciudades de carácter rural. La meseta norte tenía pequeñas villas, lugares y aleas y en las tierras de Cantabria dominaba la población dispersa.

Durante estos siglos pocos fueron los cambios en la estructura social de la población española. Durante el reinado de los Reyes Católicos los campesinos eran el 80% de la población, los artesanos eran el 13% y la clase media urbana solo suponía el 5%. A finales del siglo XVIII los labradores, jornaleros y criados suponían el 67% del censo de vecinos, unos 2.100.000, de ellos los criados suponían 421.760 vecinos. Los labradores arrendatarios eran el 30% de la población campesina, los labradores propietarios solo suponían un 22% de esta población y los jornaleros ascendían al 48%. Los comerciantes suponían solamente el 1% de la población, unos 25.000. La administración civil y militar ocupaba a unos 110.000 individuos, el 4% de la población.

La estructura social de la población contaba con minorías religiosas, dos de las más numerosas e importantes eran los judíos y los moriscos. En Castilla y Aragón el número de judíos se estima, aproximadamente, en unos 300.000 individuos a finales del siglo XV y eran elementos importantes por su actividad financiera y artesanal. De estos 300.000 judíos la mitad eran los judíos-conversos y la otra mitad son expulsados. Otra minoría era la de los mudéjares, que suponían en la corona de Aragón la quinta parte de su población y en el total de los territorios peninsulares la proporción suponía uno de cada 35 habitantes. La minoría morisca, expulsada en el año 1609, se estima en un millón de individuos, de los cuales unos 700.000 vivían en el reino de Castilla y 300.000 son expulsados después de su sublevación en el año 1502. Granada contaba con el número más elevado de población morisca estimada en unos 500.000. Los moriscos de la Corona de Aragón se reparten en los 50.000 de Aragón, los 160.000 de Valencia, los 10.000 de Cataluña y los 15.000 de Mallorca.

Completaban la población los grupos que se denominan marginados. Entre ellos estaban los extranjeros, que se dedicaban a la banca, al comercio internacional, a la artesanía y a las actividades artísticas. Los emigrantes de origen francés suponían el 20% de la población en Aragón y Cataluña. Los esclavos, que se calculan en unos 50.000 eran negros africanos traídos por los portugueses y vendidos por los mercaderes de Lisboa, Valencia y Sevilla. Eran empleados en el servicio doméstico y constituían una especie de lujo en las casas señoriales y acomodadas. Otras minorías de población eran los moriscos de Granada, Valencia y Aragón, que suponían una mano de obra hábil y laboriosa. los gitanos y los bandoleros. El último grupo que vemos era el de los vagos. Esta población era oriunda del campo y vivía en las ciudades. Se intento siempre limitar su número obligándoles a buscar un oficio o un trabajo, pero todos los proyectos fracasaron por la falta de trabajo y empleos en España. Estos ociosos eran la consecuencia de una situación económica muy preocupante.

Ya en el siglo XVI vemos como los ricos prefieren invertir en tierras y rentas, descuidando las actividades productivas, las clases medias buscan el prestigio social de las clases privilegiadas y los desocupados aumentan el número de los que tienen que vivir de la caridad y de la beneficiencia.

Para explicar la situación de Castilla es necesario revisar los cambios que se aprecian en los diversos sectores de la población y las variaciones que tienen lugar en la estructura de la población. Desde finales del siglo XVI podemos empezar a conocer mejor los datos demográficos ya que se empiezan a realizar registros de bautismo y matrimonio. Durante el siglo XVII la tasa de mortalidad de la población infantil en los niños de menos de un año estaba entre el 25 y el 30%. Hasta los cinco años el porcentaje de niños que podían morir era de un 40%. La mortalidad infantil a lo largo del siglo XVIII continuó en torno al 40‰ y la tasa de natalidad se sitúa en torno al 45‰.

Por lo que se refiere a la estructura ocupacional de la población tenemos que decir que la sociedad española era una sociedad rural, el autoconsumo y el trueque caracterizaban la vida de los territorios de la Corona de Castilla. Podemos decir que la Edad Medía persistía en el campo El mundo rural abarcaba el 80 % de la población y de la riqueza económica. El sector secundario solo ocupaba al 12% de la población. Ello se debía, en gran medida, a que el mundo rural era autosuficiente y el autoconsumo impedía una circulación monetaria que animara la demanda de productos procedentes de las ciudades. Al terminar el siglo el índice de población rural desciende hasta el 60% de la población castellana, lo que supone un aumento del desarrollo de la población urbana a lo largo del siglo XVIII y el incremento de las actividades del sector terciario.

Castilla sufre durante todo el siglo XVII las consecuencias de la crisis del siglo XVII y de la explotación fiscal que ha sufrido desde el siglo XVI lo que ha impedido la inversión para relanzar la producción de sus tierras. Castilla mantuvo la supremacía del imperio, las levas para mantener las guerras continuas suponían que de cada diez hombre reclutados apenas uno regresara. Ello unido a epidemias y pestes llevó a la pérdida de la población de muchas zonas.

Las comunidades agrícolas tenían que ser autosuficientes porque el campo no generaba excedentes que pudieran destinarse al consumo de bienes que no sirvieran para satisfacer necesidades elementales, por ello las ciudades apenas podían vivir de su actividad artesanal y manufacturera. Las ciudades no eran, como lo son ahora, el centro de la actividad industrial y el motor del desarrollo económico.

Durante el siglo XVIII las ciudades seguían siendo dependientes del la economía rural agraria y se limitan, en la mayoría de los casos, a ser talleres locales. La estructura socio-económica descansaba en los campesinos, muchas veces no propietarios de sus tierras y si arrendatarios, jornaleros y trabajadores estaciónales. Los campesinos propietarios y arrendatarios suponían del 25% al 30% de la población rural y los campesinos con ingresos superiores a los 1.000 ducados al año no llegaban al 5% de esta población. Los campesinos dedicaban parte de su tiempo a la producción artesana, bien para su propio uso, o bien a las órdenes de un comerciante de la ciudad, sobre todo en el hilado y tejidos de fibras textiles, como ocurre en el caso de los perailes o fabricantes de paños. Los jornaleros suponían entre el 50% y el 60% de la población rural de Castilla y cuando no encontraban ocupación tenían que dedicarse a algún trabajo artesano o vivir de pedir limosna.

El salario medio diario de los jornaleros y de los labradores oscilaba entre los dos reales y los dos reales y medio, sueldo que cobraban el 40% de estos trabajadores. Los días de trabajo se les estimaban en 120 al año.

La actividad industrial se limitaba en el siglo XVI a las industrias de paños de Toledo, Cuenca, Baeza, Osma, Calahorra y Sigüenza. Estas manufacturas se completaban con las de armas, cerámica, vidrio y las atarazanas de Sevilla y de la zona cantábrica. La seda en Granada y la fabricación de jabón en Sevilla eran actividades señeras en estas ciudades.

A la escasa actividad artesana tenemos que añadir que hasta finales del siglo XV no existe una organización gremial, justo cuando esta estructura jurídica, económica y laboral estaba desapareciendo en Europa. La ayuda mutua entre los trabajadores artesanales se había canalizado a través de cofradías, hermandades y asociaciones de oficios, organizaciones religiosas de previsión y recursos mutuos, pero no verdaderos gremios para una reglamentación del trabajo. Los gremios habían sido expresamente prohibidos en el siglo XIII, en la ley de las Siete Partidas del reinado de Alfonso X, y no eran del agrado de Fernando el Católico, por lo que implicaban de monopolización de la vida municipal y de la organización económica través de su reglamentación de precios y salarios. Los gremios podían servir de freno al poder real en las poblaciones y su falta de presencia nos indica la falta de poder de las clases urbanas.

En una economía basada en la agricultura de secano la climatología y la existencia de amplias extensiones de tierra eran los factores decisivos para su mantenimiento y desarrollo.

El aumento y la disminución de nuevas tierras roturadas y después abandonadas que se da en los siglos XVI y XVII es causa y consecuencia de las fases de expansión y contracción de la población, igualmente veremos que tuvo relación con los problemas financieros de la Corona y que también estaban implicados los intereses económicos de los agricultores y de los ganaderos.

Durante el siglo XVI el aumento continuo de la población, en una fase expansiva, aunque desde 1560 y sobre todo desde 1580 se empieza a notar el inicio de la fase depresiva, hace necesario el aumento de la producción de cereales y este aumento de los cultivos da lugar a la necesidad de roturar nuevas tierras, que se estimula, así mismo, con el incremento del precio de los productos agrícolas. Se produce una roturación de montes que da lugar a la falta de pastos. Todo ello beneficia a los estamentos rentistas como la nobleza y el clero, este último ve como aumentan sus ingresos por los diezmos y la nobleza puede aumentar las cantidades cobradas por los arrendamientos de sus tierras. Aunque estas nuevas tierras roturadas se agotan pronto y el aumento momentáneo de la producción agricultura entra en crisis. Las roturaciones suponen el aprovechamiento para el cultivo de tierras que antes habían sido comunales. La causa de las nuevas roturaciones hay que buscarla también en la necesidad de dinero de la Corona. Por el contrario, durante la crisis del siglo XVII se abandonan muchas tierras por el descenso de la población que quitaba mano de obra y disminuía la demanda de granos para el consumo. En este siglo lo que si se realizan son nuevas roturaciones de dehesas y baldíos en busca de tierras nunca cultivadas para aumentar la productividad de tierras agotadas por una explotación constante. En el siglo XVIII se produce de nuevo una fase expansiva de la economía y los incrementos de la población, estimados en unos cuatro millones de habitantes, harán necesario la ampliación de las superficies dedicadas al cultivo y se producen nuevas roturaciones.

A partir del siglo XVI la falta de tierra empieza a plantearse como un grave problema para la agricultura. Se empiezan a perder tierras comunales lo que lleva, en muchas poblaciones, a la emigración rural y al traslado de los más desfavorecidos a las ciudades. A su vez, los señores se apropian de las tierras de los núcleos despoblados después de épocas de malas cosechas y de hambrunas. Esta pérdida de tierra comunal se acentúa porque el rey la vende en las poblaciones de realengo para obtener recursos para la Hacienda. En este mismo sentido, en el año 1625, la Corona vende 20.000 vasallos de jurisdicción real como garantía de préstamos.

Hay un círculo vicioso de despoblamiento, pérdida de tierras comunales, empobrecimiento, malas cosechas, desórdenes monetarios, años de hambre y peste y emigración rural a las ciudades. La venta de tierras de uso comunitario priva de medio de vida a los habitantes más pobres de algunas poblaciones que utilizaban las parcelas de modo rotatorio para pasto, obtención de leña y pequeños cultivos. Junto con la venta de tierras comunales se produce la roturación de pastos y bosques comunales, lo que incide de nuevo negativamente en los escasos recursos de los elementos más necesitados de las poblaciones. Desde el siglo XVI, en Castilla, se produce una ruina de los bosques. Las roturaciones ganan tierra para pastos y cultivos y llevarán a la larga por la falta de reforestaciones a una crisis en la construcción de barcos.

El enfrentamiento entre agricultores y pastores por tierras y pastos es una constante en estos siglos. En el año 1560, ante la pérdida de pastos, los propietarios mesteños y los pastores en distintas poblaciones obtienen de Felipe II la restitución de los pastizales que se hubieran roturado desde 1560. La disminución de los pastos creaba problemas añadidos para el abastecimiento de carne, ya que el obligado de la carne utilizaba las tierras del Común para pasto de los ganados con los que surtía de carne al municipio.

En el año 1761 se concede a los municipios el derecho a disfrutar de sus pastos comunes, aunque en 1796 se volvió a conceder a la Mesta el derecho de fijar las extensiones de tierra que se podían roturar. Pero según avanza el siglo XIX los privilegios de la Mesta son cada vez mas atacados.

Por lo que respecta a la climatología en los campos de cereal de la meseta central el mayor problema era la irregularidad de las cosechas a causa de la sequía o por los fríos y las lluvias fuera de los tiempos adecuados en el ciclo anual de la cosecha.

Estas alteraciones del clima se repiten a lo largo del siglo XVII y producen la pérdida de las cosechas por que el cereal no tenía el grado de temperatura y de sequedad adecuado en primaveras y veranos fríos y de excesivas lluvias.

En la submeseta sur se registran medias de 400 mm de precipitaciones, cuando se consideran 500 mm el límite inferior para una buena agricultura. Situación agravada porque el campesino dependía fuertemente de su producción como cultivo más importante y más extendido. El fallo en su cosecha daría lugar a las hambrunas de Castilla de los años 1544, 1585 y 1608. Junto con los años de hambre se producen épocas de peste y epidemias como las de los años 1521, 1538, 1557,1565, 1567 y 1589. En la peste atlántica de 1597 sucumbe el 25% de la población española. En el año 1530 la peste afecta gravemente a Cataluña.

Entre 1580 y 1630 la producción de trigo y cebada cae un 40% en Castilla. Las oscilaciones en la curva de la producción de granos coincide con las de la curva de población. Los cereales y el vino suponían entre el 70% y el 80% de la producción agraria. De los cereales se obtenía el 75% de la renta generada en Castilla, mientras que otros cultivos y aprovechamientos sólo suponían el 10%.

En el primer tercio del siglo XVIII las condiciones climáticas fueron favorables para las cosechas. Entre 1734 y 1738 esta situación cambia. Prueba de ello lo tenemos en un escrito del Obispo de Cuenca en el que habla de lo nulo de las cosechas desde el año 1734. Podemos decir que hubo una reducción de las cosechas que descendió a la mitad y en algunas poblaciones a la cuarta parte de los rendimientos antes conseguidos.

Desde 1738 a 1760 el clima vuelve a ser favorable, de modo general, para el campo. En la primera mitad del siglo XVIII se registran años particularmente malos, con la consiguiente subida de los precios, como fueron el 1709, 1723, 1734 y el 1752 y puede hablarse de hambre en zonas concretas de Castilla, que llevó a la importación de cereales y a la prohibición de subir la fanega de trigo por encima de los 64 reales. A partir de 1755 se puede hablar de una coyuntura internacional favorable.

En relación con lo expuesto, las Respuestas Generales de las poblaciones que estamos examinando hacen repetidas quejas de los bajos rendimientos de la tierra con expresiones como “lo calamitoso del pasado”, ”la cortedad de la tierra“ y “no es capaz de producir mas que una regular cosecha“. En general , hay una queja constante sobre la baja calidad de sus tierras y lo escaso de lo cosechado, que se extiende igualmente a “la cortedad” y al poco rendimiento de los ganados. Incluso se recogen las quejas por la falta de pastos para mantener a los ganados.

Las noticias generales sobre las malas cosechas reafirman estas quejas de los pueblos, pero tampoco podemos olvidar que la finalidad del Catastro era fijar un impuesto por lo que existía un interés en rebajar los beneficios en todos los ingresos lo que llevo, en muchos casos, al intento de ocultamiento de datos o presentación de cantidades que podían no corresponder con la realidad.

El aumento de la población a lo largo del siglo hizo que la “cortedad” de las cosechas fuera más acusada. Para remediar esta situación se roturaron nuevas tierras, pero de todos modos no se pudieron evitar las situaciones de crisis de alimentos y de carestía de los productos agrícolas. Todo ello dio lugar a un aumento del valor del terreno agrícola, pues el incremento del precio de los productos del campo hacía que la compra de tierras se viese como una forma de inversión.

Vamos a dedicar las páginas siguientes a tratar los aspectos más destacados de las características de la agricultura castellana en estos siglos en los que se refiere a técnicas y sistemas de cultivo, aperos de labranza y animales de labor, cultivos y rendimientos. También recogeremos los datos mas relevantes en torno a la actividad ganadera.

Las tierras de Castilla son de secano y el sistema de cultivo aplicado era el de descanso, “de año y vez” para aumentar su productividad a través del barbecho. Un año de barbecho, e incluso mas, dependiendo de la calidad de los suelos, era considerado el medio de conseguir mantener una nivel de cosecha aceptable. Estas tierras secas debían removerse con frecuencia para evitar la pérdida de humedad. En otoño, durante el mes de noviembre; entre la fiesta de Todos los Santos y el día de San Andrés; el cuatro de febrero, había que arar la tierra con una profundidad de un palmo, unos 21 centímetros, y abonarla. Antes de Navidad había que volver a arar de modo más profundo para que penetraran las lluvias de invierno. En el mes de mayo había que remover la tierra para que el sol secara las malas hierbas. En otoño se sembraba arando a una profundidad de unos 42 centímetros. Para aprovechar la humedad que dejaban las lluvias y evitar la evaporación siempre se debía arar en cruz, de modo que una reja corte la otra. En España, los campos eran mayoritariamente cuadrados, reflejando un movimiento transversal. El barbecho se hacía muchas veces con menos profundidad de la adecuada y la reja debía penetrar por lo menos medio metro para evitar dejar las semillas demasiado someras y que no se las comieran los pájaros o se helaran. Los arados muchas veces no eran lo suficientemente robustos para permitir una labor tan profunda y había que esperar a que la tierra estuviera muy empapada con las lluvias del otoño para permitir un arado adecuado. El ángulo de la reja se debía ajustar para que el arado penetrar menos hondo en la primera rotura del barbecho y de modo más profundo en la siembra.

El precio de un arado era de unos 200 ducados, equivalentes a 2.200 reales o lo que es lo mismo el salario de un trabajador agrícola durante varios años. Un arado solo era posible comprarlo mediante un préstamo que significaba un endeudamiento a varios años.

El mantenimiento del barbecho a lo que se unió la no introducción de plantas forrajeras en los años de descanso impidió en las tierras de Castilla el aumento de la productividad, lo que si ocurrió en Cataluña. En ello influyo también los intereses de los ganaderos que necesitaban tierras no cultivada para el aprovechamiento de los pastos.

En la España húmeda se introduce el maíz, que es un cultivo que se puede alternar con el de los cereales. El maíz se sembraba entre abril y mayo y la cosecha se recogía de septiembre a octubre, por lo que la tierra quedaba libre para la siembra de los cereales. Con el maíz se solían sembrar habas y calabazas.

Por lo que respecta a los abonos, estos se limitaban al uso del estiércol obtenido de los ganados y animales de labranza, El abonado era escaso y cuando se abonaba una tierra era porque se la considera de muy buena calidad y se estimaba que con ello se aumentaba más su rendimiento.

Por lo que se refiere a los rendimientos de la tierra podemos decir que poco variaron a lo largo de estos siglos, pues el campo ha introducido pocas novedades técnicas en los sistemas y métodos de explotación. Se puede decir, de modo general, que los obreros de las ciudades vivían mejor que los arrendatarios o jornaleros del mundo rural y en muchas zonas mejor que los pequeños propietarios.

La mula era el animal más utilizado en las faenas agrícolas. La mula, como animal de tiro en el arado, produce menos profundidad de surco en comparación con los bueyes y vacas que eran los otros animales utilizados en las faenas agrícolas y con el agravante de que consumían para su alimento parte de la cosecha de cebada, en tanto que los bueyes se alimentan en dehesas y en tierras de aprovechamiento común. Las mulas tenían la ventaja de ser animales de labor más rápida y con ellas se podía labrar una fanega al día , en tanto que los bueyes sólo eran capaces de labrar media fanega. En las zonas donde la propiedad de la tierra era de extensión media o baja, las mulas hacían más fácil el desplazamiento para ir de una parcela a otra. Además, facilitaban los desplazamientos largos en casos de concentración de propiedad y de población, sin olvidar que se utilizaban de medio de transporte de mercancías y personas. La compra de un par de mulas significaba un endeudamiento de dos o tres años, pero la propiedad de una pareja de bueyes significaba el paso de la condición de jornalero a la condición de labrador.

En las poblaciones examinadas hemos visto que el animal de labranza es la mula y el macho y en algunas ocasiones los jumentos y jumentas. El animal tradicional de tiro para el arado había sido el buey. Era un animal que araba fuerte y profundo, aunque torpe y lento. A fines del XVIII representaba todavía un tercio del ganado utilizado para las labranzas en algunas zonas de Castilla, sobre todo en la primera roturación.

El buey era un animal costoso. Podía valer entre 20 y 25 ducados, unos 250 reales por término medio, en tanto el precio de un caballo se situaba en la mitad de este valor. De todos modos eran animales muy caros y se recurría al mulo, que además era ágil y resistente. La extensión del uso de mulos y mulas significaba que habían disminuido los pastos en beneficio de las huertas y viñedos, que necesitaban un arado mas superficial.

La adquisición de animales de labor y aperos de labranza significa una deuda crónica para el campesino. Por ello se habla de que las tierras estaban incultas por falta de medios, situación que había llevado al abandono de muchas tierras cultivables. Se considera que se necesitaban 500 reales anuales para el mantenimiento de un campesino y su familia, lo que suponía que el labrador debía tener un rendimiento neto de la cosecha de cereales, estimado en fanegas de trigo, de unas 28 fanegas.

Los ganados daban a los campesinos alimentos, estiércol y cueros que se vendían para su aplicación en actividades artesanales. Los animales pastaban en lugares cercados, dedicados exclusivamente a este cometido por los municipios, en las dehesas boyales, en terrenos comunales o en los barbechos y campos cultivados, después de recoger las mieses, es el derecho llamado “derrota de las mieses”. Este tipo de ganadería , llamada estante, no planteaba problemas específicos. La ganadería trashumante de ovejas y carneros merinos estaba agrupada en torno al Honrado Concejo de la Mesta y estaba organizada en cuatro cabañas las de Soria, Segovia, Cuenca y León. La trashumancia de los ganados mesteños supuso durante estos siglos un conflicto continuo de intereses entre agricultores y ganaderos por los derechos de pastos u rutas de desplazamiento a través de la cañadas.

En cuanto al tipo de productos cultivados, podemos decir, de modo general, que los cereales tenían una importancia principal. En todos los pueblos de Castilla predomina la agricultura de secano dedicada al cultivo del trigo, de la cebada, de la avena, y de la escaña. El trigo, la cebada y el centeno ocupaban las tres cuartas partes del territorio español en régimen de monocultivo.

El viñedo se va extendiendo y es el segundo cultivo en algunas zonas de la meseta central y en Andalucía. El aceite tiene una importancia relativa y se dedicaba al consumo interno, aunque los olivares van ganando tierras de cultivo en Andalucía. A lo largo de estos siglos aumentó el cultivo del viñedo a costa del trigo, pues su productividad era mayor. La cosecha podía ser más segura, si las circunstancias metereológicas, lo permitían y de periodicidad anual. Sin embargo, tampoco era la solución para ayudar a salir de sus problemas a los agricultores pues sus rendimientos, aunque anuales, eran escasos, como en el resto de las cosechas, por lo pobre de los aperos de labranza, los sistemas de cultivo y lo escaso del abono para enriquecer las tierras. En este sentido, no necesitaba de nuevas inversiones pues los animales y los aperos que necesitaba su cultivo eran aprovechados de los utilizados para los cereales.

El aumento de la plantación de viñas estuvo estimulado por un mayor consumo como alimento energético y, algunas veces, sustitutivo de la carne. Las vides se solían plantar en tierras de calidad baja, en eras o en hilos, al igual que los olivos. Algunas veces ambos plantíos formaban parte del paisaje de las tierras de cereales donde se plantaban como pies sueltos. Otras veces una misma tierra era compartida por pies de olivos y vides. Los vinos que se obtenían eran, por lo general, de muy baja calidad. Además, en muchas ocasiones, la producción de ambas plantas era limitada y no se podía reducir a vino y a aceite por lo que se destinaba al consumo directo y por los propios productores. Lo escaso de la cosecha hacía que, en algunas poblaciones, las producciones no estuvieran sometidas al pago del diezmo. Las viñas necesitaban menos mano de obra a lo largo del año, aunque precisaban un trabajo intenso de cava y poda, en determinadas épocas del año, que se tenía que completar con la vendimia en el otoño Era un cultivo muy adecuado para las labores con mulas, pues la viña no necesitaba cultivo con surcos profundos.

A lo largo del siglo XVIII se plantan las tres cuartas partes de las viñas existentes en Castilla. Este aumento de la plantación de viñas, que es constante desde el siglo XVI, limitaba los pastos para el ganado y eliminaba rastrojeras y paja para los ganados.

El cultivo de cereales y vides tiene un importante desarrollo hasta los años 1570 en que aparecen los primeros síntomas de crisis. La presión demográfica por el crecimiento de la población y el comercio americano provocan una fuerte demanda y el alza de los precios. Pero la producción quedará limitada en un cierto nivel por el escaso desarrollo técnico y por los sistemas de cultivo centrados en el barbecho. La producción sólo podía aumentar extendiendo la superficie de tierras cultivadas, las comunales, los baldíos, los pastos y los montes. Los cereales y el vino suponían entre el 70% y el 80% de la producción agraria en la España Moderna. Castilla era y sigue siendo, fundamentalmente, tierra de secano que da el suelo adecuado para los cultivos de cereales, vides y olivos. Las escasas zonas de regadío se localizaban en el valle del Ebro, en las huertas de Valencia, Murcia y en la vega de Granada.

La importancia del cereal viene avalada por el hecho de que la fanega de trigo era el precio de referencia para muchas transacciones comerciales que podían tener el pago en trigo. En el año 1605, se establece una tasa para el precio del trigo en 18 reales y para la cebada en 9 reales, que es la vigente cuando se realizaron las estimaciones catastrales. Si el año era abundante estos precios bajaban. La tasa se utilizaba, principalmente, como referencia para calcular el precio de las rentas.

Los rendimientos de las cosechas de cereales, en general, apenas triplicaban la simiente. Se podía hablar de cosecha abundante si de cada grano se obtenían cuatro, buena si el rendimiento era de cinco por uno y excelente al obtener seis o siete granos de cada grano sembrado. Comparar. Otro dato con relación al rendimiento de sembradura que se recoge como general para Castilla es que, con una fanega de grano se podía sembrar 1,5 fanegas de tierra, casi una hectárea. El rendimiento para el trigo se sitúa trigo en torno al 5 por 1. Las causas de estos escasos rendimientos hay que buscarlas en las labores someras de los cultivos, en la escasez y mala calidad de los abonos, en la no selección de las semillas y en la ausencia de herbicidas a lo que se une la propia estructura de la propiedad.

Las mejores tierras estaban en manos del estamento privilegiado, la nobleza y el clero, a lo que se une que también estaban mejor cultivadas y en algunas se introducían sistemas de regadío. Las tres cuartas partes de la superficie cultivada pertenecía a señores y monasterios. El clero era propietario, a finales del siglo XVIII, del 25% de las tierras labrantías. Las tierras del clero producían, aproximadamente, la cuarta parte del producto bruto de la agricultura.

La explotación de estas grandes propiedades se hacía en algunas ocasiones de modo directo por los propietarios y, en la mayoría de las ocasiones, mediante aparceros que pagaban una renta en especie, también se utilizaban distintos sistemas de arrendamiento a corto, medio o largo plazo a cambio de una renta en dinero. El corto plazo se sitúa en torno a los tres años, el medio plazo entre los cinco y los diez años y el largo plazo por encima de los diez años, pudiéndose llegar a contratos de explotación vitalicios, que podían pasar a los herederos de ambas partes.

Pero tanto estos grandes propietarios como los pequeños agricultores utilizaban en sus explotaciones los mismos animales de labor, mulas, mulos, bueyes, vacas, jumentos y jumentas. El arado y el azadón eran los aperos imprescindibles y el estiércol, prácticamente, el único abono utilizado.

La Iglesia tenía un papel fundamental en la vida social entre la rutina y la ignorancia popular. Toda función vital y acto social estaba presidido por ritos religiosos. Las fiestas populares, el arte y la cultura giraban en torno a la iglesia y los elementos del estamento eclesiástico eran sinónimo de caridad, socorro, beneficiencia y remedio. Tocar al Ángelus o a Animas eran sonidos diarios en las campanas de cualquier población y el signo de la cruz presidía cualquier actividad cotidiana. En épocas de sequía, granizo, heladas, plagas, hambre, peste y ante cualquier calamidad se acudía a la celebración de ceremonias religiosas o a la protección de los santos buscando remedios y esperanzas de solución. Era el recurso a lo sobrenatural cuando las circunstancias se escapaban del control de lo conocido. Los ilustrados se mostraron hostiles a este estamento, cuyos individuos formaban parte como población regular de más de cuarenta órdenes religiosas distintas, ya que consideraban a sus elementos como población improductiva y por el contrario titulares de derechos, privilegios y rentas que no generaban riqueza para la nación.

A lo largo del siglo XVIII se intentan diversas soluciones para los problemas agrarios. Los Informes sobre la situación del campo español, como el de Jovellanos para la Ley Agraria, intentan poner de manifiesto los problemas de la agricultura para que la monarquía inicie medidas de reforma en la estructura de la propiedad y en los sistemas de cultivo, como puede ser la introducción del regadío y la colonización de terrenos baldíos. La propiedad de tierras en manos del estamento eclesiástico, así como la existencia de bienes comunales en los municipios serán unos de los aspectos en los que más se incide por las ideas de la política desamortizadora.

La agricultura era el principal modo de vida de la mayor parte de los habitantes de las tierras de Castilla y su principal fuente de vida y alimentos. El pan era la base de la dieta alimenticia y en cada comida la ración consumida podía equivaler a media libra. Se estima en ocho fanegas de trigo lo que consumía una persona al año. Cada fanega podía producir cuarenta y dos piezas de pan de una libra y medía cada una (690 gramos), equivalente cada pieza a tres de nuestras actuales barras de pan. Esta era también la cantidad de pan que se estima consumía un hombre adulto al día. Se estima que un hogar medio necesitaba un pan de 1,5 kilos que tenía un precio de 2 reales.

El trigo era el ingrediente básico del pan, pero se mezclaba con salvado para producir piezas más baratas ya que el pan de trigo era un articulo de lujo. En el norte de Castilla el cereal básico es el maíz. El aceite era el otro recurso alimenticio básico. Pero no sólo para la alimentación pues también se necesitaba para la iluminación juntamente con la cera Se llegaban a consumir unas tres arrobas, unos 48 litros de este producto por familia. Con respecto al vino su consumo se sitúa en una medía de 66 litros al año por habitante adulto. El consumo de carne era muy reducido y se puede estimar en unos 300 gramos semanales por familia. La carne era un alimento reservado para las clases altas. Las clases populares solían consumir cabezas y menudos de oveja s y de cabras. Los campesinos también tenía que comprar en Castilla frutas y verduras, que eran recargadas por los venderos ambulantes con un tercio más de su valor. El pescado fresco era carísimo y se tenía que recurrir al consumo en forma de salazones. Otros productos alimenticios extendidos entre las clases populares eran el queso y las cebollas. La extensión de la plantación de olivos dio como resultado el aumento del consumo de aceitunas para acompañar al pan.

Para que el Catastro hubiera podido llegar a ejecutarse España necesitaba un cambio de mentalidad. Era imprescindible cambiar el concepto de honor y de prestigio ligado a la situación como miembro de las clases que no tenían que pagar impuestos, para ir conquistando la idea de que había que buscar la mejora de la situación personal no ha costa de las rentas y cargos de la Corona sino a través de la actividad económica. Este cambio de ideas se empezaba a notar entre las clases urbanas, aunque las actividades artesanales eran ocupaciones minoritarias y poco extendidas en el territorio español, excepto en algunas ciudades, y ello se debía, en parte, a la falta de una buena red de transportes y de un mercado nacional articulado y bien estructurado. En las zonas rurales existía un amplio abanico de actividades artesanales que suministraba a los campesinos productos de primera necesidad. En las ciudades la artesanía estaba sometida a la estructura gremial y organizada por las ordenanzas de los gremios. Junto con la actividad artesanal el comercio define la economía de la ciudad, pero la autosuficiencia de la economía rural pone limitaciones al desarrollo del comercio. Los mercados y las ferias locales son los elementos dinamizadores de la actividad comercial, aunque las comunicaciones son difíciles, lentas y costosas. Hay una red de caminos mal cuidados que unen ciertas ciudades y forman circuitos principales en torno a las ciudades de la meseta y los puertos. Estos caminos mantenían unas características y unas peculiaridades que no habían mejorado desde la edad media y que ya estaban reguladas y reglamentadas desde estos siglos por los fueros castellanos.

En España se mantenían aduanas entre los distintos reinos peninsulares, que eran los llamados puertos secos. Castilla los mantenía con Vizcaya, Navarra, Aragón y Valencia. Lo que ayuda a explicar la ausencia de un mercado nacional durante la edad moderna.

El mercado internacional estaba regulado por las grandes feria de Medina del Campo, verdadero centro financiero de la Corona, Medina de Rioseco y Villalón, donde se realizaban las transacciones entre mercaderes españoles y extranjeros. Este comercio estaba sometido al pago de los diezmos del mar. Con Europa el comercio estaba basado en la exportación de materias primas y productos de indias y en la importación de productos manufacturados. A las Indias se exportaban productos manufacturados y alimentos y se recibían productos coloniales y metales preciosos. El comercio con América estaba centralizado en Sevilla en la Casa de Contratación. La política de exportación de materias primas, sobre todo de la lana, contribuyó a frenar el desarrollo de las manufacturas textiles. La llegada del oro americano permitía disponer de unos ingresos que animaban a la compra de productos en el extranjero y todo ello impidió el desarrollo de una etapa industrial, a pesar de las grandes posibilidades que tuvo Castilla en el siglo XVI.

Hemos estado ocupándonos del mundo rural vamos a ver ahora como se vivía en las ciudades como centros económicos y sociales. Dentro de los reinos castellanos, los núcleos más densos de población se encontraban en las dos mesetas y en Andalucía, que a lo largo del siglo XVI aumenta constantemente su riqueza y su población. Aunque la mayoría de las ciudades no pasaba de los 5.000 habitantes.

Las ciudades conocen un desarrollo continuo en el siglo XVI y atraen a los individuos acomodados que se construyen casas y palacios. Entre 1530 y 1594 crecen Sevilla, Toledo, Jaén, Segovia, Baeza, Úbeda, Salamanca y Madrid. Sin embargo, decrecen Valladolid, Córdoba, Medina del Campo. Todas ellas tenían más de 20.000 habitantes. A finales de siglo Valencia tenía unos 60.000 habitantes, Barcelona unos 40.000, Zaragoza unos 25.000. Sevilla que tenía 50.000 habitantes en 1500 llegaba a los 100.000 ó 120.000 en 1580. Toledo contaba 60.000 hacía 1540, antes de entrar en una lenta decadencia y bajar hasta los 20.000 habitantes a mediados del siglo XVII. Valladolid tenía 45.000 en 1559, el incendio de 1561 la perjudicó de momento pero fue el traslado de la capital a Madrid lo que frenó su desarrollo. Ávila baja desde unos 12.000 habitantes hasta los 5.000 y Burgos se situaría en torno a los 4.000 habitantes al terminar el siglo XVII. A lo largo de este siglo el panorama empezará a modificarse y las ciudades pierden población. A finales del siglo a Madrid se le calculan unos 150.000 habitantes, Barcelona, Valencia y Granada podían tener unos 50.000 habitantes y para Cádiz su población se estima en 30.000 habitantes.

Durante el siglo XVII el panorama de las ciudades de la meseta era deprimente. Toledo bajo desde los 60.000 a los 20.000 habitantes, Burgos no superaba los 4.000 y Cuenca los 5.000 habitantes. Medina del Campo se había arruinado por la desaparición de sus Ferias, bajando de los 11.000 a menos de 4.000 habitantes. Segovia empieza su decadencia entre 1590 y 1630, para derrumbarse en 1640. Tanto en Cuenca como Segovia su caída se debe a la crisis de la industria lanera. Los pequeños puertos del norte, por el contrario, como Gijón, Santander y Bilbao, inician un lento ascenso que se acentúa a lo largo del siglo XVIII.

El estado general, llano o cuerpo no privilegiado era el 90% de la población, en el siglo XVII, en tanto que nobleza y clero, sólo suponían un 10% de la población española. De este 90% sólo una décima parte vivía en las ciudades, mientras que el resto estaba integrado por la población de lo núcleos rurales.

En el siglo XVIII la tendencia demográfica de las ciudades vuelve a recuperarse. Madrid superará los 150.000 habitantes, Barcelona, Sevilla, y Valencia llegaron a los 100.000, Granada consigue 50.000 habitantes y Cádiz llega a los 70.000 y Málaga y Zaragoza a los 50.000. Como se ve es la periferia la que se pone a la cabeza del despegue demográfico y la que arrastra el desarrollo económico , lo que será una constante durante los siguientes siglos.

La ciudad era la residencia de los grandes propietarios de la nobleza, de los caballeros y de los hidalgos, en general, de una clase dominante y absentista. La ciudad era, igualmente, el lugar donde residían los medianos y pequeños empleados de la administración. El número de estos empleados se estimó en el Catastro en torno a los 30.000 funcionarios civiles, cifra que aumenta desde los 5.000 estimados en el siglo XVI. A finales del siglo XVIII la administración civil y militar ocupaba a 110.000 empleados. Por lo que se refiere a los profesionales de las llamadas artes liberales, que tenían en las ciudades su medio de vida, el catastro calcula que podían existir unos 4.000 en todo el país. Tan escaso número es consecuencia de los escasos ingresos generados por estas actividades y de su poca consideración social. Para mejorar en la escala social el recurso de muchos de estos profesionales era, con los escasos ahorros generados, comprar tierras o invertir en actividades manufactureras y mercantiles. Las ciudades acogían a un 40% de los habitantes de Castilla a finales del siglos XVIII.

La ciudad era el escenario donde se movían comerciantes, artesanos de los gremios y las gentes sin oficio ni profesión determinada que vivían de trabajos ocasionales o de la caridad pública o privada. Por las ciudades también se movían distintos elementos de minorías étnicas, religiosas y económicas. Los datos del siglo XVII estiman que extranjeros, moriscos, judíos, gitanos, judeo-conversos, vagabundos y mendigos podían ser el 10% de la población. A estos grupos hay que añadir el de los esclavos, procedentes de América y de Portugal, el de berberiscos cautivos en las guerras del Mediterráneo y del norte de África y algunos esclavos, que se localizan en la tierras de la baja Andalucía, donde se concentraban el 50% de todos los existentes en España. Recordemos que hasta la Constitución de 1812 no se produce una prohibición expresa de la esclavitud.

Los extranjeros se ocupaban de los trabajos que no querían los españoles, como porteadores, aguadores, lacayos, también eran pequeños comerciantes, banqueros y arrendadores de impuestos. Se calcula la existencia de unos 100.000 extranjeros, la mayoría franceses, concentrados en las comarcas y provincias donde se ofrecían más oportunidades. Muchos de los elementos de la minoría de extranjeros eran genoveses o portugueses que tenían en arrendamiento el cobro de los impuestos.

Las ciudades se convertían en trampas mortales para muchos de sus habitantes que habían emigrado del campo y buscan en ellas su medio de vida, pero que en muchos casos no encontraban más recurso que la mendicidad. La ayuda a pobres, mendigos, vagabundos y desempleados era una obligación de los fieles y de la Iglesia. La limosna y “la sopa boba” se convertían en el recurso de supervivencia para muchos de los habitantes de las ciudades, que constituían una masa de marginados a los que encontramos como protagonistas de la literatura y del arte de nuestro Siglo de Oro. La población concentrada en las ciudades era una victima fácil de la peste, de las epidemias, de las enfermedades y del hambre. La malnutrición era endémica, porque el campo, aunque pobre en recursos, podía dar a sus habitantes medios de autoconsumo. El abastecimiento a las ciudades, en épocas de malas cosechas, llegaba tarde y la escasez de productos básicos era frecuente junto con la subida de los precios. En caso de epidemia las ciudades sufrían cuarentenas que impedían la entrada y la salida de personas y mercancías. La épocas de carestía y de escasez fueron constantes a lo largo del siglo XVII. Estas ciudades eran vistas desde el campo como concentraciones de poder. Sus funciones eran políticas, sociales, económicas y religiosas. Había ciudades de una importancia religiosa excepcional como eran las sedes de obispados y arzobispados. Así Santiago de Compostela vivía, casi exclusivamente, de las rentas religiosas. El Voto del Señor Santiago era una renta que se pagaba en todos los municipos de Castilla y su importe iba integró a la catedral.

Pero, por el contrario, las ciudades no eran centro de desarrollo industrial y de impulso económico, se limitaban a mover capitales y a buscar el enriquecimiento a partir del oro procedente de América. A lo largo del siglo XVI y del siglo XVII España perdió su oportunidad de crear una estructura económica basada en el desarrollo de los sectores secundario y terciario de la actividad económica, sobre todo durante una coyuntura tan favorable como la que se dio en el siglo XVI. Los artesanos solían vender directamente sus productos lo que impidió el desarrollo del comercio y del sector de los servicios. Además, la reglamentación municipal de los precios y la prohibición de venta al por menor, por los regatones, fuera de los lugares autorizados limitaba el desarrollo del comercio. Recordemos que regatonear era vender al por menor productos comprados al por mayor. El comercio de lujo y de productos importados se limitaba a las ciudades con mayor índice de población. Los asalariados no agrícolas representan sólo un 15% del total de asalariados recogidos en el Catastro. Sus ingresos alcanzaban el 31,5% de la cantidad global de la masa monetaria pagada en forma de salarios. A estos asalariados se le calculaban 180 días de trabajo al año.

Para que España saliera definitivamente de la crisis y fuera transformando sus estructuras socio-económicas, además del cambio en la hacienda, era necesario organizar y desarrollar una red de comunicaciones y transportes que articulara económica y social mente la geografía de España y que permitiera que el mundo rural se fuera abriendo y sumando a este cambio que el campo estaba muy lejos de alcanzar.

Esta articulación se intentó con la política reformista de los Borbones y para ello podemos considerar una de las primeras medidas en 1717 la eliminación de las aduanas entre Castilla y Aragón, que sin embargo no se pudieron eliminar con Andalucía hasta el año 1778.

Otro de los aspectos que había que reformar era la liberación del comercio, no solamente articulando el territorio español desde el punto de vista de las comunicaciones rompiendo el aislamiento entre los distintos territorios peninsulares, sino consiguiendo los libres intercambios de productos para ello desde 1765 se promulgaron las disposiciones sobre el comercio de los cereales impulsadas por el ministro Campomanes. La libertad para exportar granos estaba garantizada siempre que el mercado interior estuviese suficientemente abastecido y los precios por fanega en las transacciones anteriores no excedieran los mínimos que se fijaban. Los pósitos de cereales tenían, entre otras funciones, asegurar cantidades de trigo y darles salida en época de malas cosechas.

A lo largo del siglo XVIII los años de malas cosechas se seguirán repitiendo y el siglo se despide con escasez de cereales desde los años 1793 a 1796, escasez que se extiende por todo el occidente europeo, por ello los borbones tuvieron un interés continuo por conocer las cantidades obtenidas en las cosechas de granos. Para controlar la producción de trigo, el cereal más básico, desde 1751 la dirección de los positos se centraliza en el Secretario de Estado y del Despacho Universal de Gracia y Justicia, nombrado superintendente general de todos los positos del reino, esta dirección se mantiene hasta 1792, cuando pasa de nuevo el control al Consejo de Castilla lo que va suponer su decadencia. Los positos podían estar administrados por los municipios, por los párrocos, por juntas eclesiásticas y el Consejo de Castilla reglamentaba la dirección de muchos de ellos. La dirección centralizada para reglamentar los problemas comunes y para unificar el abastecimiento fue un logro del siglo XVIII. En 1729, el Consejo de Castilla, emite una orden para que los corregidores remitiesen las cifras de las cosechas obtenidas. En 1730, 1750, 1791 y 1792 se repiten estas peticiones, en especial por las malas cosechas de los años 1788 y 1789. Los datos se obtenían de los libros de las Tazmias de los Diezmos y siempre había que señalar la diferencia con las cosechas de años anteriores.

En 1791 se estimó una cosecha de cereales en torno a los 52 millones de fanegas entre trigo, cebada, centeno y avena. En 1797 los datos sitúan la cosecha en unos 43 millones de fanegas.

Impulsar el desarrollo del comercio necesitaba no solo medidas liberalizadoras y la existencia de una buena red de infraestructuras de comunicación, que se limitaban a caminos y sendas, sino que también había que eliminar una de las mayores dificultades para el desarrollo de las relaciones de intercambio entre los diferentes reinos de la Corona como eran las existencia de un sistema de pesos y medidas completamente anárquico. Era imprescindible unificar el sistema de pesos y medidas en todas las tierras de la Corona y la circulación de una moneda única con un valor de referencia igual en todos los territorios. Durante el siglo XVII habían coexistidos precios expresados en plata, que eran estables, y otros en vellón sometidos a continuas oscilaciones dependientes de las inflaciones y deflaciones de esta moneda. La única moneda de valor común durante el reinado de los Reyes Católicos había sido la acuñación en oro del Excellent valenciano, el Principat catalán y el Excelente castellano, acuñado en Granada. Las tres monedas eran imitación del ducado veneciano.

Sacar a España de la crisis del siglo XVII no sólo necesitaba medidas reformistas políticas, sociales y económicas, sino también un cambio profundo en las mentalidades y en la preparación educativa, técnica y científica de los españoles En primer lugar había que acabar con la desconsideración de las artes mecánicas y del trabajo temporal Había profesiones consideradas viles, que estaban descalificadas socialmente, y solían ejercer extranjeros envileciendo a quienes las ejercían. A los que trabajaban en el desempeño de estos oficios no se les permitía agremiarse, en estos casos estaban comediantes, carniceros, mesoneros, taberneros, caldereros, amoladores, peltreros pregoneros. Muchos herreros, esquiladores, carniceros y mesoneros eran gitanos. El desprestigio social de los oficios mecánicos, actitud contra la que lucharían constantemente los políticos reformistas, llevó a la promulgación de una real cédula de 1783 que intentaba terminar con esta opinión. Aunque fueron muchos los esfuerzos de los políticos reformistas no se consiguió terminar con el hecho de que muchos españoles preferían pedir limosna a desempeñar estos oficios. Aún podríamos añadir oficios como aguadores, costaleros, mozos de panaderos, de caballos, silleros, bodegueros, venteros, zapateros de viejo, como vemos la lista abarca multitud de ocupaciones artesanales y algunas de elaboración de productos de consumo habitual.

Campomanes en sus obras Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) y en su Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775) insiste en la idea de que los hijos debían seguir los oficios de los padres y romper con la idea de que “los hijos tenían que ser o parecer nobles” y conseguir que se considerara que el trabajo tenía una función en la sociedad El retraso técnico y científico obligó a los Borbones a traer técnicos y científicos extranjeros o mandar a los españoles a estudiar en el extranjero. Prácticamente, todos los científicos destacados del siglo XVIII estudiaron o completaron su formación en el extranjero. Tendremos que esperar al siglo XIX para conseguir que estas reformas elementales que inician los Borbones del siglo XVIII y otras que afectaban a distintos aspectos de la vida de la nación consigan poder poner en marcha un proceso modernizador de las estructuras políticas, sociales, productivas y de mentalidad.

A pesar del anticlericalismo de los políticos ilustrados muchos consideraban al clero y en especial a los párrocos como agente de educación para el pueblo y como motor dinamizador de la economía agraria e industrial, sin olvidar que sobre los elementos religiosos recaían mayoritariamente las atenciones de educación, sanidad, beneficiencia, que estaban a cargo de la Iglesia, de los municipios y de entidades particulares. El presupuesto del Estado en vez de servir, como ahora, a los intereses generales, servía en sus tres cuartas partes para cubrir los intereses de la Deuda y las necesidades de la Corte y de la política internacional y en escasas ocasiones iba destinada a atender las necesidades de la población.

Para completar la actividad reformista de los Borbones y la situación política y administrativa que hizo posible el inicio de la transformación social y económica vamos a recoger las innovaciones que supusieron los decretos de Nueva Planta de Felipe V de comienzos del siglos XVIII. Mediante estos decretos todos los habitantes de la nación se convirtieron en súbditos y se acababa con la potestad de los señores sobre los vasallos. La estructura político-constitucional del Estado español se unifica. Se suprimen las Cortes de Aragón, Cataluña, y Valencia y se producen convocatorias de Cortes únicas y comunes para toda España, salvo Navarra, cuyas Cortes subsistieron y se celebraron separadamente. La administración central tiene nuevos organismos y así se crearon las Secretarias de Estado y del despacho. Los ministros o secretarios que estuvieron al frente de las distintas secretarias eran elegidos y depuestos por el rey entre personas de su confianza. La creación de las Secretarias supondría el inicio de la desaparición de los Consejos, los órganos de gobierno con la dinastía de los Austrias y que desde los Reyes Católicos fueron el eje de las organización del poder. Los Consejos de Castilla, Hacienda, Guerra, Estado, Indias, Inquisición perdieron mucha de su importancia. La administración municipal se centro en el cabildo, integrado por los alcaldes, regidores o concejales, oficiales y jurados, sometidos a la supervisión real a través de los corregidores. La administración provincial recaía en los intendentes, figura de la que ya nos hemos ocupado.

El municipio se convirtió en un órgano del poder central del estado y las reformas administrativas tenían como finalidad una mayor intervención del gobierno en las haciendas locales. Desde 1751, los municipios tenían la obligación de remitir sus cuentas anualmente a la cámara de Castilla. Carlos III dispuso en 1760 que el Consejo de Castilla tendría el conocimiento y la dirección de los bienes propios y arbitrios de los pueblos, mediante la contaduría general de propios y arbitrios creada con esta finalidad.

El gran interés de los Borbones fue acrecentar la riqueza nacional, y para ello sus reformas y campos de actuación se extendieron no sólo a la hacienda o a la actividad económica, sino también a conseguir mejorar las condiciones de vida de la población y a incrementar la formación de las clases populares en oficios para alcanzar una industria nueva rompiendo la primacía de los gremios y permitiendo la introducción de nuevas formas de trabajar y de producir. El ejercito y la marina en plena crisis después del siglo XVII también fueron saneados. El crecimiento de la población y unas coyunturas favorables, unido al trabajo y al esfuerzo de los gobernantes hicieron posible que el siglo XVIII rompieran unos años de decadencia y de crisis.
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