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martes, 9 de febrero de 2021

Luján, Huesca.



Los Luján de Madrid

http://palomatorrijos.blogspot.com/2021/02/los-pacheco-lodena-y-montijo.html

Traición y supervivencia política en tiempo de los Reyes Católicos. Juan de Luján, regidor de Madrid, alcaide de Escalona, gobernador de Elche. Óscar López Gómez.  Universidad de Castilla-La Mancha, 2015.

 https://www.ucm.es/data/cont/docs/446-2015-06-04-separata_lopez%20gomez%20oscar.pdf

 Juan de Luján “el de la Morería” o “el de Elche”.

 En 1480, con el II marqués de Villena ya sometido, Isabel le exigiría que traicionara a algunos de sus secuaces a cambio de que éste no viera destruido su patrimonio por completo.

 

El linaje de los Luján (o Luxán) es originario de una aldea del mismo nombre, sita en las serranías de Muro de Roda, en Aragón.

 

La casa-solar de la familia estaba en Tierrantona, población de la comarca de Sobrarbe, en el valle oscense de La Fueva. Allí se erigía su castillo principal, la casa fuerte de Lujanes, controlando un territorio en que, a inicios del siglo XIV, y tras participar activamente en la pugna de ocupación del territorio contra los musulmanes andalusíes, el linaje terminó vinculándose de manera íntima con los Mur, creándose una nueva familia conocida como los MurLuján, o Luján, que en las siguientes décadas se dividiría en cuatro grandes ramas: los Lujanes de Madrid, con Miguel Jiménez de Luján como antepasado común; los de Cuenca, descendientes de un abuelo de Fernán García de Luján, que se instaló en Enguídanos a mediados del siglo XIV; los de Lérida; y los Lujanes de Zaragoza.

Desde el siglo XII hay Lujanes en Castilla desempeñando oficios de diversa consideración.


En el caso de los Lujanes que se quedaron en Madrid y sus tierras, en el siglo XV formarían una familia amplia, llegaron a tener seis mayorazgos, y poderosa, capaz de dirigir los designios de la población junto a otros dos linajes: los Zapata y los Vargas.


Los líderes del linaje de los Luján ostentarían la dignidad de regidor de la villa y lograrían acaparar oficios de relevancia de la corte, lo que les confirió un poder y una influencia por encima de sus iguales.

 

Miguel Jiménez de Luján, apodado “el viejo”, fue el primer miembro del linaje que destacó en Castilla. Nacido en torno a 1345, debió morir con unos 80 años, alrededor de 1425; el mismo año en que murió su primogénito de idéntico nombre, apodado “el de la rosa”. Su recalada en tierras de Madrid se produjo de la mano de la reina doña Leonor, esposa de Juan I (1379-1390), del que obtuvo el cargo de maestresala, preeminencia que ostentaría también en el reinado de Enrique III (1390-1406). Por entonces los Luján ya hacían alarde en sus emblemas de las barras de Aragón.

 

El escudo de los Luján madrileños se dividía en cuarteles con faja, referidos a su sangre, y muros almenados, en referencia a los Mur,  como hoy puede verse en la fachada del palacio de los Luján, ubicado en la madrileña plaza de la villa, que fue erigido por Juan de Luján “el bueno” entre 1460 y 1490.

En campo de oro, un pedazo de muralla almenada, de azur. Aragonés. Del lugar de dicho nombre perteneciente al Ayuntamiento de Muro de Rueda, partido judicial de Boltaña (Huesca). Ya en el siglo XII aparece una rama asentada en Madrid. Con posterioridad se fue extendiendo por Castilla, Andalucía y América.

En 1490 aparecen documentados en Madrid cuatro hombres llamados Juan de Luján.

Uno de ellos era apodado el bastardo (¿?- 1494), por ser hijo ilegítimo de Pedro de Luján (1400-1472) y una mujer cuyo nombre se ignora. También se le conocía como el del arrabal, el borde o el de la laguna, pues su casa se erigía próxima a la iglesia de Santa Cruz, en la plaza del arrabal, al lado de una laguna desaparecida.

Juan de Luján el del arrabal era hermanastro bastardo de otro Juan de Luján al que se apodaba el bueno (ca. 1423- 1500), fruto de la relación de su padre con su primera esposa, Isabel de Aponte1. El más principal y el más hacendado de los Juan de Luján de Madrid de fines del siglo XV era el conocido como el bueno,

 

Juan de Lujan el bastardo tuvo tres hijos y Juan de Luján el Bueno tuvo catorce hijos con su esposa María Luzón: ocho hombres y seis mujeres. Debió casarse en torno a 1479, habiendo sido maestresala del rey Enrique IV y alcalde de alzadas de Madrid y siendo por entonces señor de Coslada, además de poseedor de huertas y tierras de labor.

 

Juan de Luján el bueno fue regidor de Madrid, cargo que ostentaría desde 1472 hasta 1495 en que lo renunció en su hijo Pedro Luján. Tambien fue alcalde mayor de las alzadas en la villa. Ocurrió poco después de que Enrique IV le concediera el señorío de Coslada con los términos de Carrascalejo, la Matilla y el Negralejo. Frente a las quejas de los regidores de Madrid, dicha merced fue anulada por el rey el 21 de enero de 1472. A cambio, el 18 de enero de 1472 se le nombró alcalde de alzadas de la villa, y posteriormente regidor en ella[1].



Casado el padre de El Bueno en segundas nupcias con Inés de Bracamonte y Mendoza, convirtió a su entonces unigénito en hermano de cinco más: Álvaro de Luján, María —mujer del señor de Barajas y La Alameda—, Inés —esposa del capitán Martín de Alarcón—, Leonor —casada con Juan Hurtado de Mendoza— y Catalina mujer del comendador de Santiago, Pedro Fernández de Lodeña. En 1472, Pedro de Luján otorgaba testamento falleciendo poco después.


Luján, JuanEl Bueno. ¿Madrid?, p. m. s. XV – ¿Coslada (Madrid)?, c. 1500. Señor y alcalde mayor de las Alzadas de Coslada, corregidor de la villa de Madrid, consejero y maestresala de los Reyes Católicos, maestresala y mayordomo de la princesa Isabel de Portugal.

Hijo único del primer matrimonio de su padre Pedro de Luján y de Isabel de Alponte, hija del señor de Montreal, Juan de Luján, el Bueno, se declaró heredero de su tío, del mismo nombre, que había muerto sin sucesión.

 

Juan Hurtado de Mendoza, I señor de Colmenar, Cardoso de la Sierra, el Vado y Fresno de Torote; hermano del I duque del Infantado. Casa con Francisca de Ribera, hija de Diego González, Gómez de Ribera, II Adelantado mayor de Andalucía, general de la Frontera y Reino de Granada, y de su primera mujer Beatriz Portocarrero, hija de Martín Fernández Portocarrero, señor del estado de Moguer, y Villanueva del Fresno, y de Leonor Cabeza, con sucesión, los marqueses de Castil Bayuela, por hembra. La segunda boda de Juan Hurtado de Mendoza es con Leonor de Luján, hija de Pedro de Luján, y de su segunda mujer Inés de Mendoza, hija del mariscal Álvaro Dávila y de Juana de Bracamonte, señora de Peñaranda y de Fuente-el- Sol, con sucesión, los duques del Infantado de la casa de Arteaga, por hembra.


http://palomatorrijos.blogspot.com/2011/01/lujanes-vargas-y-vozmediano-madrid.html


Coetáneo al bastardo y al bueno existió otro Juan de Luján (1445-1513) llamado el de la Morería, por residir en el barrio de los moros, o el de Elche” por el cargo de gobernador que allí ejercería. Con toda probabilidad el más joven de los tres individuos, se casó dos veces. La primera con Juana de Lodeña, hija de Pedro Fernández de Lodeña, señor de Romanillos y comendador de Aguilarejo, de la Orden de Santiago; uno de los hombres a través de los que comenzó a tener contacto con los santiaguistas, hasta el punto de convertirse, también, en comendador de la Orden. Juan Pacheco, marqués de Villena, fue el otro hombre que lo vinculó a la organización, si bien los Lujanes tradicionalmente habían pertenecido a la Orden de Santiago, desde el siglo XIII. No teniendo descendencia de este matrimonio, a la altura de 1481 estaba casado en segundas nupcias con Marina de Herrera, con quien tuvo tres hijas: Catalina, Marian y Leonor. El único varón de su descendencia, Diego de Luján, fue fruto de un romance con una joven soltera, María de Soto, hija del señor de Rigueros. Fue reconocido heredero de su casa tras solicitar su legitimación en 1510.

 

Juan de Luján el de la Morería obtuvo de su hermano Diego de Luján el mayorazgo de Villaverde, vinculado con las casas del barrio de los moros y la capilla de San Jerónimo, sumando a esto un juro de diez mil maravedíes en las alcabalas de Toledo que le concedió Enrique IV.


Con no más de treinta años se puso al servicio de Juan Pacheco, marqués de Villena. Gracias a él es designado comendador de la Orden santiaguista. Pacheco tambien le nombra alcaide de Escalona en abril de 1470, tras recibir el control de la villa e su tierra de manos de Enrique IV[2]. Por último, el 12 de diciembre de 1472 el monarca nombró a Juan Pacheco duque de Escalona; y el día 17 le permitió crear un mayorazgo. Escalona se convertía de este modo en la capital de un ducado, y Juan de Luján el de la Morería en el primer alcaide de la población

 

Juan de Luján el de la Morería era regidor de la villa de Madrid, en la información que se conserva sobre las juntas de su ayuntamiento a partir de 1480 apenas hay datos de él. Durante años y años nunca acudió a las asambleas de los regidores madrileños; en un principio porque su otra ocupación de alcaide de Escalona se lo impedía; posteriormente porque se lo imposibilitó el ostracismo a que le sometieron los monarcas; y por último, porque en gran medida dada su postergación hubo de abandonar Castilla, dirigiéndose a Valencia.

 

A finales del reinado del rey Enrique el ascendiente del marqués de Villena sobre la villa de Madrid era notorio, así que tras su fallecimiento fue inmediata la constitución de dos bandos. Uno de los bandos era dueño del alcázar y de la mayor parte de la población y era partidario de la princesa Juana. Su gran valedor era Diego López Pacheco, II marqués de Villena y II duque de Escalona, y sus dos líderes en Madrid Juan Zapata, señor de Vargas y La Alameda, y Rodrigo de Castañeda, alcaide del alcázar. El propio Enrique IV había ordenado al hijo de Juan Pacheco que salvaguardase a su hija Juana. Y así lo había hecho. Durante meses había vivido en la fortaleza de Madrid centrado en este cometido. No en vano, residía en la fortaleza cuando su padre murió. Los derechos al trono de la princesa Isabel eran defendidos por el bando que dirige Pedro Núñez de Toledo. Pedro Núñez y Pedro Arias de Ávila, señor de Torrejón de Velasco, acordaron pedir ayuda a Diego Hurtado de Mendoza, I duque del Infantado, quien, haciéndose eco de la situación, organizó una hueste de tres compañías de arcabuceros al mando de Pedro de Torres, Diego del Águila y Juan de Robles, y lanzó a la tropa sobre Madrid. El objetivo era tomar la plaza por sorpresa. Pero fue un fiasco que degeneraría en una batalla callejera. Ocurrió en el mes de febrero de 1476. El alcaide Castañeda reprimió enérgicamente a sus rivales. Por un lado, represalió a los partidarios de Isabel mediante multas y azotes. Por otro, echó de la villa a todos los más principales, e puso tan gran guarda en ella, que el duque [del Infantado] no pudo por entonces entrar en la villa. Como contrapartida, los isabelinos pusieron cerco a la muralla, buscando someter a la población mediante el corte de suministros. Y paralelamente minaron la Puerta de Guadalajara, sobre cuyo sector lanzarían el grueso del ataque, con el fin de entrar a la fuerza. La contundencia de las embestidas sobre la Puerta de Guadalajara comenzó a ser de tal calibre que su alcaide, el comendador de Paracuellos, Pedro de Ayala, consciente de que le sería imposible mantener la posición, optó por pactar con los sitiadores y dejarles paso. De este modo, a últimos de febrero de 1476 el duque del Infantado se hacía con el control de la villa, excepto el alcázar, donde los adversarios de Isabel se hicieron fuertes dirigidos por Rodrigo de Castañeda. Los defensores recibían socorro de Juan Zapata, atrincherado, igualmente, en su castillo de La Alameda y del alcaide del Pardo, Pedro de Córdova. Los partidarios de Juana pretendían resistir lo posible, en espera de refuerzos. De unos refuerzos que debían llegar desde Escalona, la plaza principal de Diego López Pacheco en el territorio, pues Toledo, sobre la que el marqués ejercía su influencia, se había decantado desde el inicio por Isabel. La firmeza del alcázar y de las fortificaciones rebeldes duró seis meses, en los que los principales colaboradores del bando isabelino, Pedro Núñez de Toledo, Pedro Arias y Pedro de Ayala, recibieron de la aspirante al trono poderes extraordinarios en cuando a la elección de los oficios en la villa. Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, ordenó rodear el alcázar con una tapia que acabó de construirse en julio de 1476. Dos meses después, en septiembre, el alcázar claudicó; aunque, de forma inexplicable, entonces se supo que Rodrigo de Castañeda había escapado.

 

Concluida la primera fase de la pacificación de la villa, la fase militar, empezaba la segunda, la negociación política. Dos hombres serían esenciales en este cometido. Uno de ellos fue Pedro de Ayala, comendador de Paracuellos, que ha cambiado de bando, y Juan de Luján el bastardo. Este no había exhibido preferencias ni por Isabel como lo hiciera Juan de Luján el bueno ni por Juana como si lo hace Juan de Luján el de la Morería, servidor del marqués de Villena y que desde que falleciera Enrique IV no había vacilado jamás la hora de defender los derechos al trono de la princesa Juana. Por estas razones, la reina le escribió el 29 de diciembre de 1476 desde Valladolid pidiéndole que se encargase de la pacificación de Madrid. Había de ponerse bajo las órdenes de Diego Hurtado de Mendoza, convirtiéndose en una pieza clave en la pacificación de la villa. El pacto de rendición que se firmó con el comendador de Paracuellos contenía un indulto para los grandes linajes, Zapata, Vargas y Luján, que habían apoyado a Juana. Madrid dejó de ser una plaza de Diego López Pacheco y la aspirante al trono, muy agradecida por la labor del bastardo, lo recompensó nombrándole contino de su casa, el 15 de abril de 1477, con un acostamiento anual de 40.000 maravedíes.

 

Juan de Luján el bueno y Juan de Lujan el bastardo en la primavera de 1477 ya estaban definitivamente en la órbita de Isabel. No ocurría así con el de la Morería. Mientras se producían estos acontecimientos Juan de Luján el de la Morería actuaba como alcaide de Escalona. La derrota militar de Madrid en febrero de 1476 precedió a la derrota de los seguidores de Juana en campo abierto, el día 1 de marzo de 1476, en la batalla de Toro. Diego López Pacheco se atrincheró entonces en Escalona, la única plaza de la región que con seguridad estaba en sus manos. Escalona se convertiría en su principal núcleo de resistencia. Sin embargo, dadas las circunstancias en que se hallaba la región, prácticamente al completo bajo dominio isabelino, el marqués no tuvo más remedio que pactar su derrota ante la reina, el 11 de septiembre de 1476. En esta primera capitulación frente a Isabel se acordó, entre otras cuestiones, que se perdonasen los abusos cometidos por los partidarios de Diego López desde el inicio de la guerra. Uno de los beneficiados de ese indulto fue el de la Morería, que gracias a ello pudo continuar siendo el alcaide de Escalona[3]. A inicios de la primavera de 1479 todo el territorio en torno a Escalona ya estaba controlado por las fuerzas de Isabel. En principio la campaña se preveía corta, pero pasados dos meses la rendición de Luján comenzaba a verse difícil, y el cerco a Escalona se hacía largo y penoso. La guerra entre Juana e Isabel prácticamente había concluido, y el triunfo de los isabelinos era irrefutable. En estas circunstancias, el alcaide se empeña en no dar por concluso el enfrentamiento. No pudiendo resistir las circunstancias, muchos escaloneros escaparon de la villa; sobre todo cuando las tropas rivales acamparon en los alrededores de la plaza. La resistencia parecía absurda. Escalona se había convertido en el último escenario de una guerra en la que, con todo perdido, la lucha era inútil. Se desconoce la fecha exacta en que Juan de Luján se rindió, pero debió ocurrir a finales del verano de 1479, unos días antes de que el 14 de octubre Isabel y Fernando entraran triunfantes en Toledo para celebrar las famosas Cortes de 1480, en que, entre otros asuntos, se ratificaría el acuerdo de Alcaçobas que ponía fin a la guerra.

 

Dado el carácter oculto de las negociaciones, no hay registros que nos aclaren la forma en que se trataron los distintos temas relativos a la rendición del Pacheco. Isabel y Fernando ponen como condición innegociable la salida de Juan de Luján de Escalona. Diego López Pacheco se vio presionado por los negociadores de los monarcas, quienes, a cambio de alcanzar un pacto de rendición justo, le obligaron a deshacerse de algunos de sus hombres, cuya consideración era nefasta. Uno de esos hombres era Juan de Luján. En total fueron doce los secuaces del marqués que sufrirían la defenestración con el fin de salvar lo poco que iba a quedarle a Diego López. Para ellos lo más triste fue el sentimiento de haber sido traicionados por su señor, al que siempre habían seguido.

 

El trato recibido por Luján fue ignominioso. La comparación más evidente es con Pedro de Baeza, la persona que sustituiría al defenestrado alcaide de Escalona en el oficio. Al igual que Luján, se había sublevado contra la reina primero en Trujillo y más tarde en el castillo de Garcimuñoz, donde como alcaide mandaría a los soldados causantes de la muerte de Jorge Manrique. La reina, aun así, el 2 de marzo 1480 perdonó todos sus desmanes, junto a los de treinta y dos de sus hombres, achacándolos a una loable lealtad a su señor, el marqués de Villena. El trato que recibió Juan de Luján, estando en una situación parecida, fue el opuesto. No existen datos de los movimientos que realizó Juan de Luján una vez se marchó de Escalona en marzo de 1480. Al parecer volvió a Madrid junto a su esposa, si bien no ejercería en su oficio de regidor. Traicionado por el marqués de Villena, la única salida era buscarse un nuevo señor, a pesar de la prohibición explícita realizada por Isabel a los regidores madrileños el 27 de enero de 1481, que les exigía que no se vinculasen con grandes por intereses políticos. Empero, el señor al que ofrecería sus servicios iba a ser el menos pensado: Gutierre de Cárdenas, uno de los colaboradores más estrechos y antiguos de la reina. La lealtad mostrada por Juan de Luján, antiguo alcaide de Escalona, haría que Gutierre de Cárdenas lo nombrase corregidor de Torrijos y su tierra. Debió ocurrir a mediados de la década de 1480. Y gracias a ello pudo reintegrarse en la obediencia a la Corona. No en vano, a fines de 1490 se encargó de resolver unos alborotos acaecidos en la Puebla de Montalbán; y salvaguardó en Torrijos a María de Luzón y Leonor de Luján, mujer e hija de Luján el bueno, que huyeron de Madrid al rechazar los compromisos de desposorio que habían firmado con Pedro de Lago, regidor de Toledo. Al poco de que Luján el bueno fuera nombrado maestresala de la infanta Isabel en 1495, Luján el de la Morería recibió el encargo de abandonar Torrijos para, como delegado de Gutierre de Cárdenas, ir a la localidad valenciana de Aspe en representación de su señor, que había comprado la villa a los condes de Concentaina por 41.000 libras el día 20 de mayo de 1498. En los años posteriores, ya alejado de Castilla, y siempre bajo el mandato de Gutierre de Cárdenas, Luján fue gobernador de Aspe y Elche, y alcaide en varias plazas del reino de Valencia. De esa forma consiguió restaurar en parte su antigua fama, resucitando a la vida política, consiguiendo un estatus similar al que ostentaba antes de su defenestración en 1480. Moriría en 1513 siendo conocido ya mayoritariamente en Madrid como Juan de Luján el de Elche.



[1] Los madrileños hicieron que Isabel y Fernando anulasen el nombramiento el 8 de junio de 1480. La Corona lo recompensa de tres modos distintos: por un lado, permitiendo a Juan de Luján continuar en su cargo de regidor de Madrid (se trata del miembro del linaje que más asiste a las reuniones del Ayuntamiento entre 1481 y 1494), y concediéndole nuevas dignidades, como la de corregidor de Logroño, Calahorra y Alfaro (1488-1491). Por otra parte, encargándole misiones de relevancia, que irían desde la de vigilar que nadie matara a Juan de Cañamares cuando fue atrapado tras su intento de acuchillar al rey Fernando en Barcelona, hasta la de ir a Portugal con la infanta Isabel para residir a su lado tras su matrimonio con Manuel I. Por último, si bien no menos importante, es revelador que este Juan de Luján sea el único conocido por un solo apodo, el bueno, y que dicho apodo aparezca incluso entre la documentación oficial; en las actas municipales del Ayuntamiento de Madrid.

[2] Poco después, el 2 de mayo, el rey otorgó a la villa el título de Leal, la agració con las escribanías y herbajes del señorío y confirmó sus privilegios.

[3] El lugarteniente del alcaide y su alcalde mayor en la villa era el bachiller Juan Martínez de Segovia, natural de Belmonte, quien, de acuerdo a lo establecido por Luján debería presidir las asambleas del Ayuntamiento.


viernes, 17 de enero de 2020

Castillo Abadía de Montearagón. Quicena, Huesca.


Se localiza en el municipio de Quicena, en la provincia de Huesca.

Actualmente aún se observa su silueta visible desde gran parte de la comarca, distinguiéndose en ella la torre albarrana, la torre del homenaje y parte del recinto amurallado.
El antaño sobrio pero majestuoso castillo continúa siendo un mirador privilegiado de toda la Hoya de Huesca, de la sierra de Guara y del imponente Salto de Roldán, todo esto enmarcado por el telón de fondo de los Pirineos.

Actualmente, la Administración Central y la Asociación de Amigos del Castillo de Montearagón buscan una utilidad para los restos de la fortaleza, indispensable para que la rehabilitación del monumento que se está llevando a cabo sea efectiva.

En este castillo monacal fueron enterrados varios reyes aragoneses, como el fundador del castillo Sancho Ramírez de Aragón muerto por una saeta a 4 de junio de 1094 durante el sitio de Huesca. En 1095 fue trasladado a San Juan de la Peña.

La Iglesia de San Pedro el Viejo  de Huesca alberga desde hace siglo y medio el sepulcro de Alfonso I de Aragón el Batallador,​ rey de Aragón y de Navarra, muerto en septiembre de 1134 durante la batalla de Fraga, quien fue enterrado inicialmente el mismo año en el monasterio de Jesús Nazareno de Montearagón.

Los restos del Batallador no fueron conducidos hasta el Panteón Real del Monasterio de SanJuan de la Peña donde reposaban los restos de su hermano Pedro I de Aragón, su padre Sancho Ramírez de Aragón y su abuelo Ramiro I de Aragón, el fundador de la dinastía, hijo natural del rey navarro Sancho III el Mayor.

A resultas de las leyes desamortizadoras de los regímenes del siglo XIX y el subsiguiente abandono de Montearagón, los restos del rey fueron trasladados a Huesca en 1843.


El tercer sepulcro real fue del infante Fernando, hijo del rey Alfonso II de Aragón y de Sancha de Castilla que había sido abad de Montearagón y falleció hacia 1250. Junto a este, el de una infanta de pocos años.



El castillo de Montearagón está ubicado en la cima de un monte redondo y elevado llamado monte Aragón que dio nombre al castillo-abadía. 

Fue concebido como un conjunto arquitectónico fortificado, compuesto de castillo con viviendas militares intramuros y además albergó en su interior una rica iglesia y monasterio real. 

Fue fundado y construido por Sancho Ramírez de Aragón en estilo románico, su residencia y lugar de cortes hasta su muerte, acaecida en la toma de Huesca. 

La abadía canónica bajo el nombre de abadía de Jesús de Nazaret de Montearagón estuvo siempre bajo la regla de san Agustín y con el patronazgo real fue uno de los monasterios más notables de la Edad Media. 

En el siglo XII ciento cuatro iglesias y villas estaban bajo su jurisdicción. 

Sus monjes tenían escaño en las cortes del reino de Aragón.

La función militar del castillo concluyó entre la toma de Huesca y el fin de las guerras hispano-árabes en la península pero la del abadiato continuó por cerca de 750 años.


Tras las campañas iniciales de su padre Ramiro I de Aragón, desde el Condado de Aragón y Reino de Pamplona sobre la Taifa de Zaragoza, este castillo-monasterio formará parte constituyente de los orígenes de la Casa Real de Aragón. 

También por designios del monarca, en sus aledaños se construyó la villa de Montearagón que en su primer uso y función alojaba los ejércitos del rey, situaba así Sancho I todo este baluarte cristiano cerca de Huesca, ahora yace en ruinas. 

Fue declarado Monumento Nacional en 1931.





miércoles, 1 de enero de 2020

Sepulcro de doña Sancha. Monasterio de las Benedictinas de Jaca. Huesca

El sarcófago está fechado en la segunda mitad del siglo XII y procede del panteón real de Santa Cruz de la Serós, donde fueron enterrados los restos de las tres hijas del Rey Ramiro I.





Monasterio de las Benedictinas.

Se encuentra junto a la Muralla de Jaca












Es de autor desconocido al que se identifica como "El Maestro de Doña Sancha".

Fue mandado labrar por el Rey Pedro I para contener los restos de su tía, Doña Sancha, hija de Ramiro I muerta en 1097. 

Desde la bajada de "Las Benitas" desde Santa Cruz de la Serós a Jaca en 1555, hasta 1662 en que la Abadesa Dª Jerónima de Abarca lo mandara bajar, permaneció abandonado en Santa María de Santa Cruz de la Serós.









Puente de San Miguel. Jaca




Asieso

El rasgo más importante de Asieso es la iglesia parroquial, que se remonta al siglo XII.
La iglesia románica de San Andrés está localizada en una cuesta. En la antigüedad fue usada como un sitio para ver el tránsito de los jacobeos que viajan cruzando el puente de San Miguel. Su diseño es simplista. El interior es oscuro y místico, con un fuerte toque medieval.
En el frente de la iglesia rómanica en Asieso, hay un bonito ábside semicircular que refleja el arte lombardo en estado puro.
El exterior de la iglesia es mucho más atractivo que el interior. La pared de fuera del ábside muestra una bonita decoración de corte lombardo que la hace espectacular a la vista del visitante.











Situado junto a la carretera que conduce al Valle de Aísa, en la salida de Jaca, sobre las aguas del río Aragón.

No se conoce la fecha de su construcción, aunque suele aceptarse que, por su aspecto y estructura, el puente es de época bajomedieval (siglo XV). Fue restaurado en 1608 y 1816.

En la década de 1950 fue consolidado por el arquitecto Miguel Fisac, tras su declaración como Monumento Histórico-Artístico en 1943. En fechas recientes ha sufrido su última restauración.

Su longitud total es de 96 metros. El puente presenta un alzado asimétrico, pues apoya directamente sobre la orilla derecha, más alta y sólida, mientras descansa directamente en la propia terraza fluvial en la izquierda.

Muestra perfil a doble vertiente, propio de los puentes medievales, y un arco central apuntado -de 17 m de altura- con rosca de sillería, que salva el cauce principal. Otros dos arcos más pequeños funcionan como aliviaderos, en caso de avenidas. Se refuerza su estructura mediante dos tajamares situados entre los arcos.

Esta obra de ingeniería facilitó durante siglos la comunicación entre Jaca y los valles occidentales del Pirineo aragonés. Por aquí pasaba el camino, que enseguida se bifurcaba, hacia los valles de Aísa, Hecho y Ansó.

El desvío por Abay, bien conservado, conducía hacia Berdún y Navarra, a modo de camino jacobeo complementario al Camino de Santiago principal, que discurre por la orilla izquierda del valle.



















De camino al Puente pasamos por el Seminario Diocesano