jueves, 7 de mayo de 2009

La Cueva de Montesinos. Ossa de Montiel y Ruidera.

PARTE II - CAPÍTULO XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa. Don Quijote de la Mancha.



Entorno de la Cueva de Montesinos.



Boca de entrada a la Cueva.
Situada en el camino de Ossa de Montiel a Ruidera. Dista 6 kilómetros de Ossa y 14 de Ruidrea. De titularidad privada, por estar incluida en la finca "San Pedro Alto", fue cedida al Ayuntamiento de Ossa de Montiel, por su propietario Félix García en 1982.
Es una pequeña cavidad kárstica de muy poca profundidad generada por los procesos de disolución que las aguas de lluvia han originado en el roquedo de la zona. En su interior existe una pequeña charca y unos techos desprovistos de estalactitas. Grandes bloques de piedra, obstruyen parcialmente la entrada quedando, no obstante, suficiente espacio para irse adentrando en el recinto subterráneo, prácticamente erguidos. Próxima al "umbral", a la izquierda, está la oquedad "portal", que en otros tiempos llamaban de los Arrieros, por guarecerse en ocasiones éstos, a su paso por los parajes, en circunstancias de inclemencias climatológicas. Es todavía por tanto, y pese a que en el suelo se van estratificando desperdicios y arrastres, un habitáculo natural suficientemente amplio como para dar cobijo a personas y caballerías.
A partir de la mitad de la cavidad aparece la zona más amplia, conocida como la Gran Sala, de cuyo techo han sido encontrados, un centenar de murciélagos, ausentes en este medio durante años, ya que el ambiente de la cueva, por factores antrópicos no era el apropiado: el ser humano con sus visitas aglomeradas y descontroladas a la cueva, ocasiona entre otras perturbaciones, la alteración de la pureza y humedad ambiental fundamental para que a estos mamíferos no se les resequen las finísimas membranas de las alas ocasionándoles la muerte al no poder volar.
En lo relativo a otra actividad humana, el arte rupestre, no existe en la cueva ni el más pequeño "residuo", y si hubo actividad de este tipo en algún momento, ha sido "borrada", no por las gentes, sino por la climatología subterránea, ya que la cavidad en períodos con índices pluviométricos medianamente copiosos, se constituye en una "ducha" continua por la infiltración de las aguas superficiales, creando unas condiciones ambientales con un elevado grado de humedad, inapropiado incluso para la habitabilidad.
Pero lo que sí hallamos son restos de útiles, que manifiestan la actividad humana desde tiempos remotos, como cuchillos y puntas de flecha de sílex microlitos, relacionados con trozos de hachas pulimentadas, denominadas por las gentes como "piedras de rayo". Pertenecían a hombres del Neolítico final y de los inicios de la Edad de los Metales. Del mismo período, se ha encontrado una fusayola en la sala de entrada a la cueva. La cerámica también se halla presente, en pequeños fragmentos. De metal aparecen sellos, sortijas, aretes y abalorios como pinzas; las monedas pertenecen al Alto Imperio, de Alejandro Severo, y también hallamos pequeños bronces del Bajo Imperio, de Magnencio y Constancio Galo. Esto nos demuestra que familias romanas o romanizadas, se asentaron hacia los primeros siglos de la era cristiana, aproximadamente, junto al lado de la caverna. Incluso ha sido encontrada una moneda en cuyo anverso ofrece la inscripción de la cabeza desnuda del emperador Tiberio, y en el reverso consta el topónimo Segóbriga; esto nos da la idea de que se trata de una moneda del reinado de Tiberio, acuñada en Segóbriga (Cuenca), por los años 14 al 36 después de Cristo.
Un kilómetro antes de llegar al desvido de la Cueva, viniendo de Ruidera, en contramos el desvio al castillo de Rochafrida.
Levantado en época musulmana por la tribu berberisca Masmuda, en el siglo XII. Se encuentra situado a 7 kilómetros de Ossa de Montiel por la carretera de las Lagunas de Ruidera cerca de la Cueva de Montesinos. Desde la carretera sale un camino a la izquierda que lleva hasta el.
Restos arqueológicos hallados en superficie, nos hablan del origen árabe del castillo: puntas de flecha de hierro, pequeños cuchillos o láminas de sílex, y especialmente pequeñas placas o "escudillas", forradas de oro, las cuales responden por sus características, a un tipo de decoración de origen árabe, con repetición de los motivos, como si se tuviera manía a los espacios vacíos. Es una decoración geométrica fundamentalmente antiicónica, típicamente árabe.
Este castillo debió caer a raíz de la conquista cristiana del castillo de Alhambra y el de Peñarroya (entre 1198 y 1200), y de la toma de la plaza de Alcaraz en 1213, por los caballeros de la Orden de Santiago. Sería por entonces, cuando se le denominaría con el nombre de San Felices, en honor a San Félix de Valois, eremita francés que, junto con San Juan de la Mata, en 1197, con autorización de Inocencio III, fundaron la orden de los Trinitarios, que tenía como único objeto el rescate de cristianos.
Se trata de un castillo roquero, de tipo y destino militares, con recinto amurallado levantado en una roca, denominada dolomía. El aspecto más destacable respecto al cerro donde se asienta la hoy alicaída fortaleza, es que existe una interesante estratigrafía, que podría corresponder a restos de una de las muchas construcciones prehistóricas de la Edad del Bronce, diseminadas por el Alto Guadiana, llamadas Motillas.
La planta del castillo tiene forma de polígono irregular dodecágono, impuesta por la morfología topográfica para cubrir y vigilar cualquier recoveco y hueco por el que pudieran acceder los adversarios. La muralla con más de dos metros de espesor, está hecha de una mezcla de cal, arena y piedra rústica del lugar, y se hallan parcialmente labradas las de las jambas de la portada principal. La altura de dicha muralla giraría en torno a los dos metros, con almenas, y dado lo abrupto del cerro y el buen revoque de la pared con el mortero ya citado, la escalada por cualquier lienzo, se hacía extremadamente dificultosa. Con varias torres de las que hoy sólo se conserva parte de los muros, y al estar el cerro rodeado por una franja lacustre muy cenagosa de unos doscientos metros de anchura, haciendo de auténtico foso, además de un puente levadizo abajo sobre el río Alarconcillo, la fortaleza sería prácticamente inexpugnable, sobre todo por la caballería, que quedaría clavada en el fango ante cualquier intento de ataque.
Enrique I de Castilla, el 26 de abril de 1216, lo entregó a don Suero Téllez de Meneses con dehesas y tierras a su entorno. Pasados pocos años pasa a la Orden de Santiago, quedando en absoluto abandono en tiempos del reinado de Isabel y Fernando.

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